El gen viajero

Para acreditar esta necesidad constante de cambiar de escenario existe un estudio publicado en la revista Evolution and Human Behavoir, que ha llegado a la conclusión de que el 20% de la población posee altos niveles de DRD4-7r, un receptor de dopamina bautizado como ‘el gen del espíritu viajero’, que regularía el nivel de curiosidad y las ganas de salir a explorar el espacio exterior. Nada que ver con los casi obligados viajes vacacionales, que exigen visitar todos los museos, obras de arte y restaurantes recomendados en las guías, con sesión de fotos incluida y con dos horas diarias de subida de post sobre nuestras actividades en las redes sociales. Las temidas sesiones de proyección de fotos de los amigos que volvían de vacaciones, y querían presumir de experiencias frente a los que se quedaban en casa, son ya inevitables y forzosas, por obra y gracia de Facebook e Instagram.

La desmedida pasión viajera que ha arruinado a tantos y complicado la vida a muchos es vista desde fuera como una adicción obsesiva llevada, en algunos casos, hasta sus últimas consecuencias, como relata la película Hacia rutas salvajes (2007). Sin embargo, gracias al gen viajero de algunos, el mundo se ensanchó en repetidas ocasiones. Con Marco Polo, hijo de comerciantes venecianos que, empezó a viajar a la edad de 17 años, acompañando a su padre y tío en un viaje comercial a Asia; o con Cristóbal Colón, otro que padecía. “Los sueños son el combustible mental de los viajeros”, sentenció el ilustre hijo de Venecia.

Wanderlust es otra palabra utilizada para designar esta fiebre de difícil tratamiento. Un término alemán formado por los vocablos ‘wandem’, que significa andar o caminar y ‘lust’, que es sinónimo de pasión. Tanto si naces con esta patología, como si crece más tarde en tu interior, no hay manera de esquivarla. Te pasarás la vida escuchando una vocecita que te pregunta, “¿para cuándo el próximo viaje?” y, si no le haces caso y la evitas durante mucho tiempo, hará que te sientas como un alma en pena, existiendo en piloto automático, como un papalagi con una pseudo-vida.

La belleza de una mente abierta

No me arriesgaré a defender la teoría de que todo viajero es un espíritu libre, sin prejuicios, sabio y conocedor de la naturaleza humana, porque la historia está llena de ejemplos de personas que pasaron por el mundo, sin que el mundo pasara por ellos. Me temo no estar de acuerdo, al cien por cien, con la frase de Marco Polo que decía, “viajar es un ejercicio de consecuencias fatales para los prejuicios y la intolerancia”. Tal vez en su época era aplicable esta máxima; pero no a día de hoy, cuando el viajar ha sido desprovisto de la mayor parte de sus incomodidades, desafíos y lecciones de vida. Aquí me suscribo al pensamiento de Alan Estrada, influencer de viajes, y autor del libro Viajar te cambiará la vida (GeoPlaneta), cuando sostiene que “uno puede recorrer el mundo y regresar siendo igual de imbécil”.

Independientemente de que ciertas personas se vean incapacitadas para beneficiarse de las ventajas de visitar otros lugares, lo cierto es que la mayor parte de los afectados por el Wanderlust, los aventureros, comparten un perfil poco compatible con horarios y rutinas estrictas. Les gusta salir de su zona de confort, aceptar retos que pueden resultar intimidantes para otros y, por pura necesidad, deben estar abiertos a cambiar de opinión, a replantearse sus planes y sus ideas y a creer en segundas y hasta terceras oportunidades.

¿Que significa exactamente ser un espíritu ‘wanderlust’?

Los viajes nos reconcilian con el género humano; ya que en el cómputo de personas con las que interactuamos por el mundo, las amables superan siempre a las malvadas; lo que contribuye, en gran medida, a generar ese sentimiento de pertenencia a un grupo, la humanidad. Descubrimos también en el camino que, a pesar de las grandes diferencias culturales o religiosas, somos muy parecidos, ya que nos mueven las mismas emociones e intereses. La personalidad del viajero está en franca oposición a la del arrogante, a la del que quiere destacar en el grupo. Este último nunca dejará un escenario donde se ha hecho ya con su público. No soportaría la idea de ser alguien anónimo, un simple espectador, en las calles de Tokio, Nueva York o Bangkok.

¡Y qué decir del viaje como prueba de fuego, como detector implacable, exacto y sin posibilidad de error a la hora de catalogar a un amigo o a una potencial pareja!

Y es que existen tres elementos clave para crear nuevas conexiones neuronales: enfrentar nuestra mente a la novedad, expandirla con la variedad y lanzarla al desafío. Y viajar cumple con las tres funciones. Situaciones tan simples como adaptarse a un nuevo entorno, leer un mapa o esforzarse por hablar en otro idioma, vuelven al cerebro más plástico y creativo.

En una reflexión sobre aquello que nos impulsa a vivir en perpetuo movimiento, el periodista y escritor de viajes, Paco Nadal, recitaba: “viajo para sentirme libre, para no tener que arrepentirme de nada, para poner todo en duda, para contar la de veces que me he equivocado (…).Viajo para comprender, para confirmar que existen muchos mundos y que todos son únicos. Viajo para deleitarme con la incertidumbre, porque es bello ir hacia lo desconocido, para que cada día sea diferente al anterior (…).Viajo para desafiarme a mí mismo, para intentar ser mejor persona. En definitiva, para confirmar que estoy vivo”.

El jet lag es el trastorno que nos afecta cuando nuestro reloj interno tarda en adaptarse a un nuevo huso horario, tras un viaje largo; pero no hay ninguna palabra que designe el descoloque mental. El hecho de que, en cuestión de horas, se cambia de escenario, perspectiva, estado de ánimo y hasta ritmo vital. Puedes estar en Madrid y algo más tarde mezclarte con los oficinistas y dependientes que acaban su jornada laboral en Oxford Street, Londres; o asistir a la puesta de sol mientras unos niños juegan con sus improvisadas tablas de surf en una playa de Kona, Hawái.

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